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Cultivar árboles para el papel genera importantes beneficios sociales y medioambientales.

Un bosque es un ecosistema que hay que cuidar para que cumpla con su misión natural. Por eso hay que limpiarlos, hay que talar determinados árboles para permitir que otros crezcan, hay que hacer podas para garantizar el crecimiento de los árboles libres de nudos, hay que hacer cortafuegos... Cuando se hacen todas estas operaciones silvícolas se obtiene madera que puede servir para la industria, papelera o no. Pero sobre todo contribuimos a que alguien se ocupe de los bosques.

Hablando de pinos, para obtener 100 pinos adultos sanos, libres de nudos y de buena calidad, hay que plantar más de 600, y durante más de 30 años hay que cuidarlos.

Además, de un pino no todo el árbol sirve para hacer papel. Sólo aquella parte que tenga un diámetro determinado es pulpable.
La parte más gruesa será madera aserrable para hacer tablas, listones, chapas desbobinadas... Aunque los residuos de los aserrados sí sirven para hacer papel, por lo que el sector contribuye a un aprovechamiento máximo de la madera.
La parte más estrecha servirá como combustible o para hacer tableros por ejemplo.

Otro de los beneficios medioambientales es que los árboles plantados para la industria papelera fijan CO2. Casi 50 millones de toneladas de carbono equivalente según datos de 2006.

Y no podemos olvidarnos de los beneficios sociales. El papel contribuye al cultivo sostenible de árboles, un área que genera puestos de trabajo rurales. Y contribuye a generar empleos industriales, en el sector servicios y otros sectores que trabajan con el papel.
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